Segundo desembarque

Written by Infraestructura Hotelera on Martes, 03 Mayo 2016. Posted in Actualidad

Puesta en marcha del hotel Palacio Astoreca

Segundo desembarque

 
Cuatro años atrás, la puesta en marcha del hotel Palacio Astoreca causó sensación en Valparaíso. Sin embargo, el emprendimiento no estuvo exento de complicaciones. Aquí, Vincent Juillerat –su dueño– resume los puntos de inflexión. Y las lecciones aprendidas.

Tras seguir la ululante avenida Alemania se llega a la plaza San Luis, una suerte de rotonda que conecta con Montealegre, la ondera callejuela que desemboca en la plaza Joaquín Edwards Bello. Es justo sobre ella que está el Palacio Astoreca, el único hotel de Valparaíso que se vanagloriara de su piscina temperada. Y, tiempo atrás, de haber reclutado a un ex chef del mítico Bulli.

¿Conoce el lugar? Probablemente. Se trata de ese gran hotel rojo que está justo al lado del Palacio Baburizza, en una de las ubicaciones más privilegiadas de Valparaíso. Adentro las cosas no son menos interesantes. El Palacio Astoreca tiene estilo. Y vaya cómo. Basta ver, frente a unas mesas, las esculturas de Mario Irarrázaval. O, en el lobby, El Bosque; la expresiva obra con la que se decoró el solemne ambiente victoriano, modernizado sin perder el toque lúdico y casero que distingue a la mansión.

Tras el desayuno, en la biblioteca me encuentro con Vincent Juillerat; suizo, casado con chilena, que hoy intenta un segundo aire, tras años de dificultades. La idea –reconoce él mismo– es volver a tener esa atención personalizada que se perdió. Luego, buscar sinergias

Cuando se acerca el medio día me siento como en uno de esos programas de cable donde intentan rehacer un negocio: ¿Hotels in hell? Por lo pronto, en el Astoreca, lo que puedo decir es que uno sí que siente que ha cruzado una puerta. Bien lo sabe mi anfitrión; un suizo de 45 años que tiene una relación larga e intensa con Chile. De hecho, la primera vez que pisó nuestro país, lloró. No de emoción, sino porque venía encima de un camión con azufre.

El veinteañero Vincent llevaba meses conociendo Sudamérica. Y, con una arrugada edición del South American Handbook entre sus escasas pertenencias, ya era el tiempo de lo más austral. Incluido Valparaíso. En aquellos años, un puerto donde había más óxido que hoy.

-Una ciudad pobre, pero no decadente –explica Vincent– como las que había conocido en Ecuador. En esa época, Chile estaba bastante avanzado. Recuerdo que los buses eran fascinantes. TurBus ya existía.

Tras su viaje, Vincent volvió a Europa y entró a estudiar Historia del Arte. Claro que, como el flechazo con Chile había sido intenso, regresó. Una y otra vez. Ya profesional, le tocó viajar a Madrid para ver una exposición de arte. Fue entonces que conoció a Francisca Joananon, la chilena con la que se casó. Él tenía 32. Ella 27.

¿No existe el destino? A poco andar, Francisca recibió una herencia. Y, de inmediato, el matrimonio planeó invertir el dinero en un hotel chico y ecológico, quizás en Chiloé. Sin embargo, la idea de viajar regularmente desde París a Santiago, luego a Puerto Montt y finalmente a Chiloé, los desalentó.

Un día, mientras desayunaban en el Zero, uno de los primeros hoteles boutique de Valparaíso, les llamó la atención una construcción que se erguía a unos metros. Se trataba de un viejo palacete que, tras haber sido sede del Museo de Bellas Artes de la Universidad de Playa Ancha, llevaba al menos diez años abandonado. “Esa misma mañana lo visitamos y –recuerda Vincent– de inmediato nos dimos cuenta de que su estado era crítico. Pero, evidentemente, si se arreglaba podía ser interesante”.

El plan no parecía descabellado. Para entonces Valparaíso, nombrada hacía poco Patrimonio Mundial de la Unesco, contaba con pocos hoteles de calidad. La decisión se tomó rápido.

Fuente_www.capital.cl/

28_abril_2016

Lo más visitado

Para publicar

Sepa como publicar sus proyectos, productos y estudios en infrahotel.cl

Suscripción Newsletter

captcha 

Búscanos en Facebook

Acceso a ponencias

Pongase en contacto